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Dioses del amor: Eros y Afrodita
 
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 DIOSES Y DIOSAS DEL AMOR Imprimir Enviar Guardar
 
  Venus, Adonis y Cupido, de Annibale Carracci (1595), muestra el encuentro de los dioses amantes.

Entre los antiguos griegos y romanos, el amor, como tantos otros sentimientos humanos, era personificado por los dioses. La mitología clásica ha legado a la posteridad dos personajes representativos de la emoción amorosa: Afrodita y Eros, según la mitología griega, o Venus y Cupido, según la mitología romana. Estos dioses aparecen citados indistintamente como símbolos del amor tanto en textos modernos como en textos antiguos .

Los griegos siempre establecieron una clara diferencia entre la personalidad de Afrodita y la de Eros. Afrodita encarna el impulso erótico y el placer del sexo; simboliza la fuerza de la pasión, el deleite del amor, el atractivo de la belleza y el hechizo de su posesión. Es suave y seductora por excelencia, y la acompañan las Gracias y la irresistible Persuasión. Es la diosa "amiga de las sonrisas", de las flores y de los jardines, resplandeciente con su corona y sus collares de oro, la "áurea Afrodita", que extiende su beneficio y poder sobre todas las criaturas, que las invita a emparejarse y a realizar las gratas tareas que están bajo su amparo.

Sus hijos Eros, el deseo amoroso, e Hímero, el anhelo de ser amado, son los genios del impulso amoroso que reflejan los encantos de la diosa. Especialmente el primero de ellos.


AFRODITA, DIOSA DEL AMOR


Afrodita, la diosa griega del amor, de la belleza y de la fertilidad, identificada por los romanos con Venus (primitiva divinidad romana que se ocupaba de la fertilidad de los cultivos), posee dos genealogías distintas. Según la versión que Homero explica en la Ilíada, Afrodita era hija de Zeus y de Dione. Sin embargo, el mismo Homero la llama la Cipria, es decir, "la de Chipre", de acuerdo con la genealogía más genuina de la diosa, la que le da el poeta Hesíodo en su Teogonía.

EL NACIMIENTO DE AFRODITA
Según la genealogía de Hesíodo, Afrodita nació de la espuma (aphros) del mar que se acumuló en torno a los genitales de Urano cuando fue castrado por su hijo Cronos, quien lanzó los testículos del dios al mar. Apenas salida del agua, Afrodita fue llevada por el viento Céfiro primero a Citera (isla del sur del Peloponeso, de ahí otro de sus nombres: Citerea) y luego a Pafos (en Chipre). Las Estaciones la vistieron y la ataviaron para conducirla a la morada de los dioses. Al pisar la tierra, nació la hierba bajo sus pies. Desde el comienzo la acompañó Eros, el Deseo.

Es probable que el culto de Afrodita se introdujera en Grecia a través de Creta y el Peloponeso, ya que el elemento marino relacionado con el origen de la diosa aparece en diversas obras artísticas y de culto encontradas en las mencionadas rutas. Así, en Cnosos hay un santuario dedicado a la diosa con el suelo adornado de conchas, y en Festo, un templo en el que aparece una concha con un tritón.

Según la versión de Hesíodo, Afrodita era anterior a los dioses olímpicos, ya que había nacido del impulso engendrador de Urano, el Cielo, en unión con las aguas. La divinidad se mostraba como una hermosa doncella de grácil apariencia y singular fascinación.

Por otro lado, Platón, en El banquete, distingue dos Afroditas: una Afrodita Urania o celeste y otra Afrodita Pandemos o popular. La Afrodita Urania es hija de Urano, una divinidad primigenia anterior al mismo Zeus. La Afrodita Pandemos recoge el aspecto universal de la pasión y del erotismo, que no distinguen rangos ni barreras sociales y que favorecen el placer sexual de todo tipo.


UNA DIOSA VENIDA DE ORIENTE
Los griegos eran conscientes del origen oriental de Afrodita, cuyo nombre no aparece en las tablillas micénicas. Según Heródoto, el culto a la diosa procedía de Fenicia, y concretamente del santuario de Ascalón. Desde allí, los fenicios lo habrían llevado hasta Citera y Pafos, según atestiguaban los chipriotas. La divinidad era muy parecida a la diosa del amor y de la fertilidad que se encuentra en Babilonia, en Fenicia y en otros pueblos asiáticos. La Afrodita Urania o celeste tenía su correspondencia en la semítica Ishtar o Astarté, que recibe justamente el epíteto "diosa del cielo". Sus estatuillas fueron muy abundantes en el área de cultura semítica de Palestina, Siria, Fenicia y Chipre durante el I milenio a.C., y también se extendieron por todo el Mediterráneo, a través de las colonizaciones fenicio-púnicas (Cartago e Eivissa). Muestran a una divinidad desnuda y con las manos en el pecho, postura que representa el acto de inundar el mundo con su leche nutricia. Pero Afrodita se helenizó pronto: en lugar de la diosa desnuda o guerrera apareció desde el siglo VIII a.C. totalmente adaptada a la moda griega, con un largo peplo, coronada y ataviada con joyas de oro. La estatua que Praxíteles esculpió para el santuario de Cnido representó de nuevo a la diosa desnuda e impulsó el modelo de la Afrodita desnuda de la época helenística y romana, así como toda su iconografía posterior.

LOS AMORES DE AFRODITA Y ADONIS
Los relatos mitológicos en torno a Afrodita se fueron añadiendo uno tras otro y no forman un conjunto coherente. Quizá recordando su origen asiático, Afrodita eligió en Oriente al amante a quien, tal vez, amó con mayor ternura: Adonis (palabra de origen fenicio que significa "señor"). Afrodita, enojada porque el rey de Pafos, Cíniras, había alardeado de que su hija Esmirna era más hermosa que la misma diosa, había hecho que aquélla se enamorase de su padre y se acostara con él. Cuando Esmirna se dio cuenta de su embarazo, su padre trató de matarla, pero la diosa, compadeciéndose de ella, la convirtió en un árbol de mirra. El árbol, posteriormente, se partió en dos, y de él salió el bellísimo Adonis. Afrodita colocó al niño en un cofre y se lo dio a Perséfone, la diosa del reino de los muertos, para que lo cuidara; pero esta se enamoró perdidamente de él y se negó a devolvérselo. Zeus actuó como árbitro en esta discusión (según otras versiones lo hizo la musa Calíope en nombre de Zeus), y decidió que Adonis viviera una tercera parte del año con Afrodita, otra con Perséfone y el último tercio con quien él quisiera. Adonis prefirió pasar las dos terceras partes con Afrodita. A petición de Perséfone, Ares, el celoso amante de Afrodita, disfrazado de jabalí, hirió mortalmente a Adonis.

LA INTERPRETACIÓN DEL MITO DE ADONIS
En este mito puede reconocerse uno de los ciclos anuales de la vegetación: al igual que los árboles están "dormidos" durante una época del año, y al llegar la primavera sus brotes emergen a la luz, el joven Adonis escapa de su estancia con Perséfone para unirse a la diosa de la primavera y del amor. No solamente el origen del árbol de la mirra (Esmirna significa "árbol de la mirra"), sino también las rosas rojas y las anémonas, se relacionan con Adonis; el color rojo de las rosas, blancas en su origen, procede de las gotas de sangre de Afrodita que cayeron sobre los pétalos de la flor al pincharse con una espina cuando corría en ayuda de su amado.

Las anémonas representan las gotas de sangre de Adonis convertidas en flores. En primavera se celebraban unas fiestas, las Adonías, para recordar este mito. Los denominados jardines de Adonis eran unas sencillas plantaciones que las mujeres realizaban en cajas y jarros, y que regaban con agua caliente para que crecieran más deprisa. Con este proceso acelerado las plantas morían pronto, y esto rememoraba la suerte de Adonis. Frente a las Tesmoforias, que celebraban las mujeres casadas en honor a Deméter, al servicio de la maternidad y el matrimonio bien regulado, en las Adonías participaban las doncellas y las amantes.


TAMMUZ, EL ADONIS ORIENTAL, Y LA DIOSA ISHTAR
La historia de la muerte y la resurrección de Adonis refleja aspectos de Tammuz, dios de la fertilidad del Próximo Oriente asociado con el milagro de las cosechas. Durante la primavera y el otoño se celebraba su muerte y su resurrección. Incluso en la Biblia (Ezequiel, VIII, 14) se menciona a las mujeres llorando por Tammuz. Al igual que a Adonis, lo mató un jabalí, y cuando estaba en el mundo subterráneo la vegetación se marchitaba.

Ishtar (o Inanna), la diosa mesopotámica señora del firmamento, poderosa divinidad del amor y de la guerra, estaba casada con Tammuz y descendió a los infiernos para rescatarlo de la muerte. El relato sumerio del Viaje de Inanna al infierno cuenta cómo, en el descenso de la diosa al país de las tinieblas, cruzó una tras otra las siete puertas de los infiernos y en cada una de ellas abandonó parte de sus adornos. Por tanto, cruzó totalmente desnuda y sin poderes la séptima y última puerta y llegó ante la cruel Ereskhigal, que se apoderó de ella y, tras hacerla empalar, la retuvo prisionera. En la tierra reinaba la desolación, ya que, en ausencia de la diosa del amor, solo quedaba tristeza y esterilidad; por ello, la asamblea de los dioses decidió enviar a un ser capaz de resucitar a Ishtar con la comida y el agua de la vida. Así fue como Ishtar volvió a la vida, pero tuvo que pagar su precio: durante seis meses al año, Tammuz debía vivir en el mundo de los muertos. Mientras estaba allí, Ishtar tenía que lamentar su pérdida y cuando en primavera él volvía a salir, todos se llenaban de gozo.


LA DIOSA Y EL SEÑOR DE LA GUERRA
En la Odisea, Homero cuenta la relación amorosa de Afrodita con Ares y la venganza de su marido, Hefesto. Afrodita, esposa oficial del dios cojo Hefesto, el tosco herrero de Lemnos, nunca le fue fiel. Un día, Helios, dios del Sol, dijo a Hefesto que había visto a Afrodita con su amante Ares, el apuesto dios de la guerra, en el propio palacio de Hefesto. Enloquecido de celos, este forjó en su fragua una red de metal tan fina y ligera que era invisible, pero tan resistente que resultaba indestructible. La sujetó en los postes de la cama y en las vigas del dormitorio y, cuando Afrodita y Ares se acostaron, cayó y los sujetó tan fuerte que no podían escapar. Hefesto llamó a todos los dioses para que se burlaran de los amantes atrapados. Las diosas, por pudor, se quedaron en sus moradas. Entre las risas y los comentarios de Apolo y Hermes, a quienes no les hubiera importado estar en lugar de Ares, Poseidón se ofreció como fiador y los amantes fueron liberados; Afrodita se dirigió a Chipre y Ares a Tracia.

Este episodio se considera una versión paródica de un antiguo hierós gámos (matrimonio sagrado) entre la bella diosa y el señor de la guerra. En Tebas se contaba el mito de su boda, y que de su unión habían nacido Deimos (el Miedo), Fobo (el Horror) y Harmonía, a quien los dioses otorgaron como esposa a Cadmo, el fundador de la ciudad. El nombre de Harmonía evoca el acorde o ajuste perfecto entre la diosa del amor y el dios de la guerra.

Afrodita, no obstante, todavía traicionó a su marido con Hermes, Dioniso y con el mismo Zeus.


HERMAFRODITA Y LA NINFA SALMACIS
Fruto del amor entre Hermes y Afrodita nació Hermafrodita, cuyo nombre proviene de la unión del nombre de sus padres. En sus orígenes era un muchacho de extraordinaria belleza que vivía en Asia Menor. Un día, mientras se bañaba en un lago de Caria, la ninfa del lugar, Salmacis, se enamoró del joven, pero él rechazó sus besos. Ella rogó entonces a los dioses que los mantuvieran unidos para siempre. Su deseo se vio cumplido y, a partir de entonces, los dos jóvenes formaron una única persona de doble naturaleza, masculina y femenina.

El geógrafo Estrabón (siglo I a.C.) contaba que, en su época, aquel lago todavía poseía la propiedad de hacer perder la virilidad a cualquiera que se bañase en sus aguas, como había solicitado Hermafrodita a los dioses.


PRÍAPO, DIOS DE LA FECUNDIDAD
Según la tradición más conocida, Príapo era hijo de Dioniso y de Afrodita. Sin embargo, otra versión cuenta que Zeus, prendado de las gracias de Afrodita, se unió a ella; cuando la diosa estaba a punto de tener a su hijo, Hera, celosa de la belleza de la madre, tocó su vientre e hizo nacer un niño deforme, con un miembro viril desmesurado. Afrodita, temerosa de quedar en ridículo, abandonó a su hijo en las regiones situadas al borde del Helesponto, donde lo encontraron unos pastores. Su culto se localizó principalmente en la ciudad de Lámpsaco. Príapo, divinidad de la fecundidad, tanto por su elemento característico, el falo, como por sus lazos de parentesco, aseguraba la reproducción de los rebaños de ovejas y de cabras, el nacimiento de las abejas, el crecimiento de la vid, etc. En Roma, su culto gozó de un gran favor, y en los jardines y en los huertos se colocaba una piedra fálica o una imagen del dios para que con su "magia simpática", es decir, por atracción, favoreciese el florecimiento y la fructificación. Fue asimilado a algunas divinidades agrestes, principalmente al dios Pan.

AFRODITA, LA DIOSA ELEGIDA POR PARIS
Afrodita está ligada a los orígenes de la guerra de Troya. En el episodio del juicio de Paris, el pastor troyano elegido como árbitro entre las tres diosas Hera, Atenea y Afrodita, entregó a la diosa del amor, como premio a la más bella, la manzana de oro lanzada por la Discordia. Esta, a cambio, le concedió a Helena, la mujer más bella de Grecia. Tras el rapto de Helena, su esposo Menelao y su hermano Agamenón encabezaron la expedición de guerra a Troya, que duró diez largos años. En este relato, cada diosa representaba una función social: Hera, la soberanía; Atenea, la función guerrera, y Afrodita, la función productiva. La elección de Paris fue significativa: prefirió la belleza y la abundancia placentera al triunfo basado en el poder real y en la fuerza de las armas. La manzana, objeto cargado de simbolismo erótico, es un fruto asociado a la diosa del amor; también la paloma, ave emblemática de la suavidad del amor. En los altares de Afrodita se quemaba incienso y se sacrificaban palomas, como en los de la diosa fenicia Astarté.

Afrodita siempre estuvo agradecida a los troyanos, en especial a Paris; en el combate singular que enfrentó a este con Menelao, el marido burlado, la diosa lo sacó del campo de batalla y lo trasladó a la habitación con Helena. Con todo, la diosa no pudo impedir la destrucción de Troya ni la muerte de Paris en un duelo con arco a manos del héroe griego Filoctetes.


AFRODITA, LA PROTECTORA DE ENEAS
Afrodita protegió con éxito a otro príncipe troyano, Eneas, cuando iba a ser asesinado por el griego Diomedes, quien llegó a herir a la diosa. En el Himno homérico a Afrodita se narra que la diosa halló en el monte Ida al héroe Anquises, que "tenía la belleza de un dios" y se había quedado solo en el establo, alejado de sus compañeros; se hizo pasar por una doncella frigia y le inspiró en el corazón un dulce deseo: él, un simple mortal, se acostó con una diosa inmortal. Cuando Anquises despertó del sueño que la diosa había derramado sobre él, esta le mostró quién era en realidad y le dijo: "Tendrás un hijo que reinará sobre los troyanos y de su estirpe nacerán perpetuamente hijos tras hijos." Este hijo era Eneas.

DE TROYA A ROMA
La diosa permitió, pues, que Eneas escapara de la ciudad de Troya en llamas llevándose a su padre Anquises, a su hijo Julo (o Ascanio) y a los dioses penates, y que arribara, tras un largo periplo por el Mediterráneo, a las costas de la península Itálica en busca de una nueva tierra donde fundar una nueva patria. "Hijos tras hijos" se llegó a Rómulo, el fundador de Roma, la ciudad madre. La familia Julia, cuyos más célebres representantes fueron Julio César y su hijo adoptivo Augusto, se consideraba descendiente de aquel niño, Julo. Con ello, el emperador y su familia entroncaban directamente con la diosa, y la grandeza de Roma encontraba su justificación divina.

No hay que olvidar, sin embargo, que el principal narrador de esta genealogía de la gens Julia era el poeta Virgilio, en la Eneida, cuya principal intención era, precisamente, alabar a los emperadores de su época.


EROS, EL DIOS DEL AMOR


Para las teogonías más antiguas, Eros, el dios del amor, el Cupido de los romanos, era una de las fuerzas primordiales que dominaban el mundo antes del nacimiento de los inmortales y de la aparición de los humanos. Su poder se extendía no sólo a las personas sino también a los vegetales, los minerales y los líquidos, en suma, a todo lo existente. Eros unía, mezclaba o agrupaba; poseía la atractiva virtud que incitaba a las cosas a unirse y a crear vida. Aseguraba no sólo la continuidad de las especies sino también la cohesión del cosmos. Representaba el poder del amor sobre los dioses y los hombres, como decía Hesíodo: "El más bello de los dioses inmortales, aquel que afloja los miembros y aquel que, en el corazón de todos los dioses y de todos los hombres, cautiva la mente y la voluntad más sensatas."

EL MITO DE EROS
Sócrates aportó una versión filosófica de Eros, considerado habitualmente uno de los grandes dioses. Eros era hijo de Poros (el Recurso) y Penia (la Pobreza) y un mediador entre los hombres y los dioses. Era un ser inquieto e insatisfecho, que sabía ingeniárselas utilizando su ascendencia paterna (el Recurso) para salir victorioso de la escasez y la miseria.

Más tarde, bajo el influjo de los poetas, este primitivismo tendió a desaparecer: se le consideraba hijo de Ares (o de Hermes) y Afrodita, y se representaba acompañando a esta, o a solas, como un adolescente, muchas veces provisto de alas. El arco y las flechas, que lo simbolizan, fueron mencionados por primera vez por Eurípides y, a partir de entonces, se le confirió su carácter de niño travieso y malicioso. Su importancia se acentuó en la literatura y en el arte y, bajo este doble aspecto novelesco y filosófico, tomó forma la leyenda que asociaba el alma y el amor: Psique y Cupido. Cupido aparece representado en sarcófagos antiguos como símbolo de la vida prometida después de la muerte a los iniciados en las religiones mistéricas, y de ahí proceden los querubines con alas que aparecen en la iconografía cristiana.


CUPIDO Y PSIQUE
La historia de Psique (el alma) y Cupido (el amor) la narró Apuleyo (125-ca. 180), novelista latino, en los libros cuarto, quinto y sexto de su Metamorfosis,en los que se incluye como un relato dentro de un relato conocido como El asno de oro. El autor puso en boca de la narradora, una anciana que pretendía distraer a una muchacha capturada por unos ladrones, este relato.

LA BÚSQUEDA DEL AMOR
Psique es el nombre de la más joven y bella de las tres hijas de un rey que se desesperaba por no conseguir casarla, a causa del temor que tan gran belleza despertaba entre sus pretendientes. Había incluso provocado los celos de la mismísima Venus, que no soportaba la rivalidad de una mortal. El rey consultó al oráculo y obtuvo como respuesta la necesidad de exponer a Psique en lo alto de una colina, donde un ser monstruoso vendría a convertirse en su esposo. Era inevitable obedecer al oráculo, mas cuando Psique se encontró sola en la cima de la montaña, se sintió elevada repentinamente por los aires. Arrebatada por los vientos hasta un lugar desconocido y extenuada, se quedó dormida.

Al despertarse descubrió un suntuoso palacio en el que aparentemente estaba sola. En medio de la oscuridad, se unió al misterioso esposo que había mencionado el oráculo. Este le rogó que nunca intentara verlo, bajo la amenaza de perderlo para siempre. Psique aguardaba cada noche su llegada y vivía llena de felicidad.

Pero poco a poco fue entristeciéndose ante el temor de no volver a ver a su familia, por lo que terminó por suplicar insistentemente que el viento la condujera de nuevo a la colina donde había sido depositada. Regresó a casa con regalos y tantas noticias de su feliz estancia que sus dos hermanas sintieron envidia y la persuadieron para que no hiciera caso de la prohibición, y para que, valiéndose de un ardid, descubriera el aspecto de su misterioso compañero.

De regreso a palacio, una noche Psique encendió una lámpara y descubrió que a su lado estaba dormido Cupido. Atónita ante la belleza del joven, dejó caer sin darse cuenta una gota de aceite caliente de la lámpara y despertó al dios, que, ante la desobediencia, desapareció. Todo a su alrededor se esfumó; el hechizo se había roto. Psique, desesperada, recorrió el mundo buscando a su gran amor. En esta búsqueda topó con la cólera de Venus, que le impuso unas tareas sobrehumanas. La primera consistía en clasificar, antes de la caída de la noche, un enorme montón de granos de las más diversas especies. Las hormigas se compadecieron de ella y, acudiendo en oleadas, realizaron la tarea. Otra de las tareas consistía en recoger lana de unas ovejas salvajes... y así sucesivamente.

De una manera u otra, todas las pruebas fueron superadas, excepto la última, que consistía en descender a los infiernos para traer parte de la belleza de Proserpina encerrada en una urna. Consciente del peligro, Psique, siguiendo los consejos de una torre que hablaba, tomó dos sopas de pan mojado en miel para apaciguar al can Cerbero y dos monedas en la boca para que el barquero Caronte la llevara al otro lado de la laguna Estigia y luego la trajera de vuelta. Pero Psique, vencida por la curiosidad, abrió la urna, que no contenía la belleza, sino un sopor mortífero, y cayó en un profundo sueño. Cupido, que seguía enamorado de la joven, la hirió con sus flechas y la despertó; entonces ascendió al Olimpo y, tras obtener permiso de Júpiter, se casó con ella. Desde aquel momento, Psique se reconcilió con Venus.


UN CUENTO DE HADAS
Durante los primeros siglos de la era cristiana, la leyenda pagana fue fácilmente trasladada al ámbito cristiano. La joven encarna las aventuras y los vagabundeos del alma; el amor que tanto buscó es el amor de lo eterno. La ambigüedad semántica del nombre de Psique (alma) autorizaba estos deslizamientos del dominio de la leyenda a los del mito cristianizado.

Por otra parte, este mito de Psique es también un ejemplo de cómo un mito puede convertirse en un cuento de hadas: aunque Apuleyo situó la narración en el universo de los dioses romanos, se trata claramente de un cuento muy difundido en la tradición indoeuropea, una de cuyas versiones puede ser La bella y la bestia.


 
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