Nuevo usuario?
Regístrate
PlanetaSaber
ENTENDER EL MUNDO/ARTÍCULOS TEMÁTICOS
Edades mitológicas, primeros dioses
 
Conoce Enciclopedia
 
    ARTÍCULO      GALERÍA DE FOTOS
 EDADES MITOLÓGICAS Imprimir Enviar Guardar
 
  Eva, prima Pandora (ca. 1550) de Jean Cousin el Viejo enlaza los mitos de Eva y Pandora.

Para la explicación mítica de la desgraciada condición de los humanos, Hesíodo elaboró dos relatos: el mito de la decadencia progresiva de las edades de la humanidad y el mito de la creación de Pandora, la mujer culpable de la introducción de los males en el mundo. Ambos representan la crisis de la humanidad. El mito de las edades representa la degeneración moral; por el contrario, con Pandora hacen su aparición toda clase de males y enfermedades imprevisibles, con lo que representa la degeneración física de la humanidad.

Al traducir la palabra griega genos ("generación" o "raza") por la latina aetas, los poetas latinos Horacio, Virgilio y Ovidio introdujeron de manera accidental un sentido adicional al antiguo: edad o largo período de tiempo. De ahí procede el concepto de edades mitológicas y, más específicamente, el de edad de oro.


LAS CINCO EDADES DE HESÍODO
Del mismo modo que, según la mitología griega, hubo varias generaciones de dioses, también hubo cinco razas (o edades) de hombres: la de oro, la de plata, la de bronce, la de los héroes y la de hierro (correspondiente a la edad actual).

La primera raza, que estuvo bajo el imperio de Cronos (el Tiempo), vivía como los dioses, sin trabajar, pues la tierra le proporcionaba cuanto necesitaba; los seres humanos no conocían la vejez ni la enfermedad y, cuando morían, era como si les venciera el sueño. A su muerte se convertían en divinidades de la Tierra, bienhechoras, protectoras de sus congéneres y dispensadoras de pingües riquezas.

Seguidamente, los dioses crearon una raza menos noble, los hombres de la edad de plata, que eran soberbios y no pretendían granjearse la benevolencia de los dioses ni querían ofrecerles sacrificios. Zeus, hijo de Cronos y de Rea (la Tierra), y divinidad suprema del panteón griego, los envió a las regiones inferiores de la Tierra, donde se convirtieron en divinidades del mundo subterráneo.

Más tarde, creó una tercera raza de mortales, los de la edad de bronce, violentos y duros de corazón, que solamente disfrutaban con la guerra y acabaron por exterminarse entre ellos, pasando sin gloria a la morada del terrible Hades, el infierno.

Zeus creó una cuarta generación más justa y buena, la raza de los héroes, que se hicieron famosos por sus combates ante los muros de Tebas y de Troya. También la muerte se apoderó de todos y fueron enviados a las Islas de los Bienaventurados, situada en los confines de la Tierra, donde finalmente vivieron libres de preocupación alguna.

Hesíodo se lamentaba a continuación de que le hubiera correspondido ser coetáneo de la quinta generación, la de hierro, última fase de la decadencia. La descripción que ofrecía de su época ponía el énfasis en las enfermedades, la vejez, la muerte y la incertidumbre ante un futuro desconocido, y profetizaba otra época aún más lamentable, cuando la justicia y la modestia desaparecieran definitivamente del entorno de los seres humanos.

Dentro del esquema de las razas con nombres de metales (oro, plata, bronce y hierro), la de los héroes aparece como una etapa distinta y singular. Además, rompe el proceso degenerativo porque los héroes poseen unas características superiores a las de los seres humanos de la edad anterior, la de bronce. Probablemente se trata de una aportación del poeta a un esquema heredado, una innovación en honor del auditorio de su época, los nobles reyes descendientes de aquellos héroes brillantes y memorables que murieron a los pies de la ciudad de Troya o ante las murallas de la ciudad de Tebas.


LA CAJA DE PANDORA
El otro relato mítico de Hesíodo para explicar la causa del mal que se extendió sobre las gentes y las tierras es el de Pandora. Zeus, queriendo vengarse del astuto Prometeo y de los hombres, a quienes este había entregado el fuego robado a los dioses, decidió enviarles a Pandora. Encargó a su hijo Hefesto la fabricación de una bella figura femenina, dotada de todos los dones posibles (este es el significado del nombre de Pandora) y mandó a Hermes para que se la ofreciera a Epimeteo, el hermano gemelo de Prometeo. A pesar de las advertencias de su hermano, Epimeteo aceptó el presente y, cautivado por los encantos de la mujer, la acogió en su casa y se desposó con ella. Pero la bella Pandora llevaba consigo un don añadido: una jarra (según versiones posteriores, una caja), en la que los dioses habían escondido una serie de males y que tenía prohibido abrir. Sin embargo, impulsada por la curiosidad, la abrió, liberando así a las enfermedades y calamidades que se encontraban en su interior, y que se esparcieron volando por el mundo. Cuando intentó cerrarla, era demasiado tarde: solo quedaba dentro la esperanza, un don engañoso para los mortales. Desde entonces, miles de desgracias pululan entre los humanos y las enfermedades los acosan de forma repentina e inesperada, guiadas por el imprevisible azar.

EL DILUVIO Y LA NUEVA HUMANIDAD


La tradición occidental conoce la versión del diluvio sobre todo a través del relato bíblico de Noé, a quien Dios, que se proponía inundar la tierra para castigar la impiedad de los hombres, mandó construir un arca que debía acoger y proteger del diluvio a su familia y a una pareja de animales de cada especie; sin embargo, son muchas las mitologías que relatan un episodio análogo. En casi todas, el diluvio es consecuencia de los pecados o de las faltas rituales de los hombres: un ser divino quiere poner fin a esta humanidad en decadencia y sumerge al mundo en las aguas para que después resurja como un mundo nuevo. Solo los humanos considerados suficientemente virtuosos consiguen salvarse de este terrible castigo y se convierten en los antepasados de la nueva humanidad.

Es probable que en Europa y Asia la memoria colectiva guardara el lejano recuerdo del final de un período glacial del cuaternario, durante el cual, el deshielo de enormes glaciares debió de provocar un notable ascenso del nivel de los mares y las tierras más bajas quedaron sumergidas.

Otras variantes de este mito arrancan de Mesopotamia (donde la figura de Noé se asimila a la de Utanapishtim) y de la India (donde Manu es el héroe salvado del diluvio por Visnú); en la mitología grecorromana este personaje es Deucalión. Incluso en el siglo XIX, los etnólogos recogieron en Serbia un ciclo de mitos eslavos sobre el gran diluvio, del que el único superviviente, Krayatz, fue salvado por Karent, el dios del vino.

El mito aparece también en las culturas amerindias, pero la diferencia de los mitos diluvianos del Nuevo Mundo estriba en que están contemplados desde una perspectiva cíclica en la que el diluvio puede repetirse. El tema del diluvio universal en las mitologías precolombinas, no relacionado exactamente con las edades de la antigüedad euroasiática, forma parte de las edades o los soles al coincidir con el llamado sol de agua.


LOS MITOS MESOPOTÁMICO E HINDÚ
En Mesopotamia solo se salvó del diluvio, equivalente al fin del mundo, un ser humano llamado Utanapishtim. Algunas alusiones dan a entender que los dioses decidieron arrasar la tierra por culpa de los pecadores; según otras, la cólera del dios Enlil fue provocada por el estrépito insoportable que producían los seres humanos y que le impedía descansar. El texto de la epopeya de Gilgamesh revela analogías muy claras con el relato bíblico del arca de Noé: Utanapishtim recibe de forma mágica, a través de las paredes de su casa, indicaciones para construir una barca en la que debe cobijar determinados animales. Las aguas del diluvio cayeron sin cesar sobre la Tierra durante seis días y seis noches, y al séptimo disminuyeron de intensidad; la gran barca se posó en la cumbre del monte Nisir y allí Utanapishtim soltó tres pájaros: dos volvieron, la paloma y la golondrina, pero el tercero, un cuervo, no regresó porque halló dónde posarse. Entonces, Utanapishtim salió del arca, ofreció un sacrificio a los dioses y estos le concedieron el don de la inmortalidad y le trasladaron al feliz paraíso de "la desembocadura de los ríos".

En la mitología hindú, el dios Visnú salvó del diluvio a Manu, el primer hombre, y para ello vino a la Tierra, en una de sus encarnaciones o avatares, en forma del pez Matsya. Manu también construyó un arca y, para salvarse, se sujetó al pez.


DEUCALIÓN Y PIRRA
El rey griego que representa la tradición oriental del diluvio es Deucalión, hijo de Prometeo y casado con Pirra, hija de Epimeteo y de Pandora, que se había establecido en Tesalia, donde gobernaba con justicia. Zeus, irritado por el comportamiento de los hombres de la edad de bronce, decidió destruir la raza humana sepultándola bajo las aguas; sin embargo, antes de enviar una lluvia torrencial, permitió a Prometeo advertir a Deucalión y Pirra del peligro que corrían y aconsejarles que construyeran un gran cofre para refugiarse en él durante los nueve días y las nueve noches que duraría el diluvio. Toda la Tierra quedó sumergida bajo las aguas y todos sus habitantes murieron. Cuando las aguas bajaron de nivel, una ola depositó sobre la cima del monte Parnaso a los dos justos que habían escapado a la cólera del dios. Zeus envió a Hermes para comunicarles que pidieran un deseo: ambos respondieron que se sentían solos y anhelaban el renacimiento de la raza humana. Para repoblar la tierra, Zeus les aconsejó que arrojaran detrás de ellos "los huesos de su madre"; tras buscar durante largo tiempo el significado de esas palabras, Deucalión y Pirra comprendieron que los huesos eran las piedras que cubrían a la madre Tierra. Las piedras que lanzó Deucalión se convirtieron en hombres y las que lanzó Pirra en mujeres, y así la tierra se repobló con una nueva raza de seres humanos, menos desarrollados, pero más valientes que los anteriores.

LAS EDADES EN EL NUEVO MUNDO


Según la tradición azteca, la historia del mundo fue completada en cinco épocas o cinco soles. La mayoría de las tradiciones afirmaban que los cuatro primeros soles se encontraban relacionados con los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, a los que más tarde sucedió una edad del hambre. Durante cada una de las edades solares, los seres vivos fueron creados, y los cinco períodos finalizaron con una catástrofe.

LOS CINCO SOLES AZTECAS
El sol de tierra, también considerado la edad de los gigantes, acabó sumido en terremotos de gran intensidad, y montañas enteras cayeron al mar; el sol de fuego terminó con una lluvia de lava y enormes fuegos que incendiaron toda la Tierra (las aves fueron los únicos seres que se salvaron, junto con algunos humanos capacitados para volar); el sol de aire se extinguió entre huracanes que derribaron árboles, edificios e incluso grandes rocas, mientras que el sol de agua se diluyó inmerso en un diluvio enorme que ahogó a todas las criaturas excepto a los peces y a dos seres humanos: Tata y Nena.

El sol de agua avisó a Tata y a Nena del inminente diluvio y de su intención de salvarlos: debían encontrar un árbol robusto en medio del bosque, hacer un orificio en su parte más alta y esconderse en él a imitación de los simios, pero les impuso una condición para cuando bajaran: que no fueran ambiciosos y solo recogieran un puñado de granos de maíz cada uno. Vinieron las lluvias y el agua se lo llevó todo, mientras ellos permanecían seguros en el agujero del árbol. En cuanto las aguas se calmaron, bajaron por el gran tronco y, olvidándose de las órdenes del sol de agua, capturaron para comer un pez que nadaba en una corriente alimentada por el reciente diluvio. El humo del fuego en el que asaban al animal subió hasta el cielo; el sol de agua, irritado, les golpeó la cabeza con un gran bastón que les hizo saltar la parte del cerebro que permitía a los humanos emular a los dioses y los convirtió en perros.

El quinto sol nació en Teotihuacán, y atrajo a los cuatro elementos a la vez, con lo que constituyó la edad actual. Algunos pueblos decían que era la edad de los terremotos, del hambre, de la guerra y de la confusión; otros creían que el mundo sobreviviría a este quinto sol, porque los cuatro elementos se compensarían unos con otros. Los aztecas afirmaban que este equilibrio solo sería efectivo si el ser principal, el hombre, se esforzaba continuamente en ser bueno y virtuoso.


LOS INCAS Y EL TITICACA
Para explicar la existencia del lago de agua dulce más elevado de América del Sur, el Titicaca, los incas hablaban de una ciudad construida por un pueblo orgulloso y arrogante que fue inundada por una gran tormenta de lluvia roja; solamente se salvaron los sacerdotes, quienes, tras haber considerado las predicciones de unos indios harapientos que ratificaron la catástrofe, se retiraron a rezar a su templo de la colina, en lo que actualmente es la isla del Sol, en medio del lago.

 
Subir | MAPA WEB | ESPECIFICACIONES TÉCNICAS | NOTA LEGAL | ATENCIÓN AL CLIENTE |